Hacía meses que no dormía, en su cabeza, él campaba por sus anchas. No salía, no quería salir, o quizá ella lo tendría encerrado con la llave mágica de los momentos que vivieron y “gracias” a esto se han esfumado como el humo. A lo mejor ella se ilusionaba tan fácilmente que siempre caía en las garras del destino.
Sus complejos aumentaban cada mañana, ella no se ve perfecta ni mucho menos, se ve la persona más detestable del tan inmerso universo. Eso, obviamente no ayudaba ni mucho menos, él quizá ya se daba cuenta de lo que ella sentía, de lo que la había hecho sentir. Cada vez menos extensas eran sus conversaciones, cada vez más intensas eran las miradas. Cada vez que ella lloraba, él sufría.
“Ven, que te seco las lágrimas.”
Necesito gritar, y no puedo. Necesito llorar y me avergüenzo. Necesito desahogarme y no lo consigo. Quiero gritar al mundo todos sus defectos, llorar hasta que no me queden lágrimas para hacerlo, desahogarme hasta que las palabras que deseo se conviertan en hechos. Necesito que este mundo sea justo, y que esta sociedad sea comprensible. Escribo por miedo a gritar.
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14 sept 2012
8 sept 2012
Carta a quién sabe quién.
Dile que él es todo por lo que puedo sonreír día a día. Que los años crean sentimientos, los sentimientos, locura, la locura; desilusiones. Dile también eso que me hace el corazón cuando le veo, y cuando le veo triste, más aún. Dile que su nombre está escrito en mi mente desde hace años con rotulador imborrable. Dile que todo eso lo que me ha hecho sentir no se paga con todo el oro de un palacio, con la arena de la playa, ni con cada mililitro del mar. ¡Ah! Se me olvidaba, dile que le quiero y que es lo mejor de mi vida.
Que no se te olvide, eh.
29 jul 2012
Mario Bros.
Hoy
amanecerás viendo los ojos azules de la persona a la que más quieres, o su
dorado cabello. Te levantarás, irás a acompañar a tu princesa a tu castillo,
eres inconsciente a que ese día será el último con ella hasta que viene un tal
Bowser, ese dragón envidioso. Recorrerás mundos, volarás, tendrás que entrar
por tubos, aplastarás bichos, golpearás ladrillos con la cabeza, saltarás sin
saber donde vas a caer, en agua o en fuego, en corrientes de aire o marinas, en
arenas movedizas o el vacío. Matarás ocho veces a ese dragón que siempre
volverá a nacer. Todo esto con un límite de 300 segundos. Finalmente, llegas al
temido Castillo Final, ese laberinto, en el que como mínimo gastas tres vidas
si no te sabes el camino, cuando acabas, te enfrentas contra ese dragón pero
tres veces más grande de lo que era y cinco veces más grande que tú. Lo matas.
Él te devuelve a la princesa. Y al final, beso. ¿Beso real? ¿Beso de
agradecimiento? ¿Para la foto? No lo sé. A lo mejor se ha enamorado de ese
bicho, a lo mejor ya no se acuerda de ti. A lo mejor te reprocha no haberla
buscado sin tener idea de lo que ha pasado. ¿O quizás hayan acabado siendo
felices y comiendo perdices? No lo sé. Y esa es la incógnita del juego, no todas
las princesas son dignas y no todos los príncipes llevan capa y corona, pero sí
todos los príncipes harían todo esto por ti.
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